La cárcel mas extraña del mundo

La cárcel más extraña del mundo
(artículo enviado por el alumno Enrique Dechia)

Ocupa una céntrica manzana en La Paz, capital de Bolivia. En su interior los presos tienen que pagar para alquilar o comprar sus celdas. Muchos viven con sus familias, rodeados de niños. Sólo siete vigilantes controlan a los 1.700 reclusos. Es la rocambolesca situación a la que se ha llegado ante el desamparo y la falta de recursos del gobierno boliviano.
La cárcel de San Pedro comparte pocos rasgos con otros centros penitenciarios del mundo. Hospeda alrededor de 2.700 reclusos, que tienen que pagar el “derecho” de ingreso en la prisión y, además, costearse su vida en el penal. Compran o alquilan una celda, muchas veces compartida con su propia familia, puesto que niños y mujeres pueden acompañar al preso en su nueva condición existencial.
“¡Taxi, taxi!”, gritan aferrados a los barrotes tres hombres flacos a todo aquél que se acerca a la entrada de la prisión. Uno de ellos, con pocos dientes y escaso cabello, ofrece su ayuda preguntando amablemente a quién buscamos. Son los llamados “taxis”, cuya misión es localizar a un recluso por el laberíntico penal hasta conectarle con quien le visita. Por la carrera reciben su propina de un peso boliviano, la moneda local. Fin de trayecto.

Vista general de uno de los patios de uso común.

Droga, alcohol y violencia existen en el penal de San Pedro como en todas las cárceles del mundo.
Pero hay algo más, distinto, lamentable y maravilloso en este microcosmos que ocupa toda una manzana en pleno centro de la ciudad. Lo extraño y lo discrepante con respecto a la idea que se suele tener de una cárcel nace de las carencias de fondos del Estado. Los gobiernos anteriores al actual de Evo Morales no han invertido dinero en las instituciones penitenciarias del país. Eso ha generado una suerte de autogestión de los presos que, respondiendo a la carencia y a la necesidad, han transformado a su gusto las infraestructuras del penal a la espera de que los vientos de cambio del presidente lleguen también al mundo carcelario.
Dante Limalla, ex preso y colaborador de una ONG italiana que se ocupa de los adolescentes y jóvenes presos de las cárceles del país, cuenta que hasta hace algunos años estaba permitida la visita de turistas en la prisión. "Entraban un mínimo de 15 por día y pagaban unos 20 dólares por persona. Había agencias de viajes que organizaban tours en San Pedro y durante las visitas los reclusos escenificaban momentos típicos de la vida de la cárcel. El show consistía en gente que se peleaba con cuchillos, que se cortaba el cuerpo, que se drogaba… y todo era mentira, pero hacía el ambiente más atractivo".

Un recluso se dispone a comprar comida en una de las tiendas-restaurante de la cárcel.

En la actualidad, entran sólo las visitas de los presos que tienen la suerte de tenerlas, los representantes católicos y evangélicos de instituciones religiosas y los trabajadores sociales pagados por el Estado o por ONGs.
Un penal es un lugar especial porque cambian los parámetros del espacio y el tiempo, de lo que es y no es importante. Por ejemplo, Marco Claure, 23 años, vive en la cárcel desde 2003 y está sentenciado a 30 años, el máximo de tiempo posible, por haber matado a otro joven en una pelea de pandillas. Se siente muy respetado porque su crimen es grave y reconoce con sombría tranquilidad que aunque matase ahora a otro recluso su detención no puede alargarse por más tiempo. Muchos jóvenes como él conviven con los adultos a pesar de que la ley no lo permite y, en esta circunstancia contradictoria, se produce igualmente otra paradoja: hay niños que nacen y crecen en la cárcel, junto con su padre recluso y su madre, que convive voluntariamente en el presidio. Y esto a pesar de que la ley 2298 del Código Penal boliviano les impide radicar en el penal.
Todos aseguran que nadie maltrata a mujeres y niños porque es una norma tácita y consensuada por la comunidad de presos y se cumple de manera mucho más rigurosa que las leyes de la justicia boliviana. Los hijos viven con sus padres y la familia queda unida, compartiendo las alegrías y miserias del encarcelamiento. Eso atenúa la sensación inhumana de estar encerrado en una jaula, pero sólo los más afortunados viven dentro con sus familias.

Parir en prisión
Victoria Quispe dio a luz hace unos meses en la celda de su marido, Eloy Chinche, condenado por asesinato. Está preso desde diciembre de 2003 y su familia, compuesta por su esposa y cinco hijos, lleva viviendo dos años en la cárcel, compartiendo un espacio de cuatro metros cuadrados. Originaria de la zona rural, Victoria no tenía ni casa ni recursos sin su marido, ni siquiera para costear el viaje y visitarle de vez en cuando. Ella ha elegido el penal como su hogar y es por eso que decidió parir adentro, en su celda, según las reglas tradicionales de la cultura aymara. Eloy cuenta que es el segundo hijo que nace en "cautividad" y comenta que acostumbra lavar y guardar la placenta con su cordón umbilical porque tiene propiedades curativas, sobre todo si el niño nacido es varón.
La pareja ha comprado su celda, propiedad que no pertenecía al Estado sino al dueño anterior, y vive atendiendo uno de los puestos de venta de comida del penal, donde acuden aquéllos que pueden permitirse despreciar el rancho carcelario.
Victoria puede introducir determinados alimentos en la prisión porque su marido tiene un carné, otorgado por el delegado de la asociación que controla esta actividad, en el que están estipuladas las cantidades de aquellos productos "autorizados" que proceden del exterior. Por ejemplo, no está permitido llevar más de 50 mazorcas de maíz, ya que con más cantidad se podría hacer chicha, una bebida alcohólica que entraría en competición con el alcohol, mercancía extremadamente sensible, de exclusivo monopolio de la policía militar –apenas siete agentes– que controlan la entrada.
Todo el mundo tiene asumida esta realidad: el órgano de vigilancia del Estado controla y se lucra con el flujo de droga, alcohol y visitas a los presos. De hecho, los familiares, los amigos o las prostitutas que quieren entrar en la cárcel obtienen el permiso si pagan su cuota de acceso y presentan su carné de identidad boliviano. La entrada es gratuita en los días establecidos para la visita, pero siempre cuidando que no haya un comercio "ilícito" de estupefacientes y alcohol, sustancias que son la mayor fuente de ingresos de los jefes y funcionarios corruptos de las cárceles.


La organización de los internos es sorprendente.

Detenido por violación desde 2000, Carlos Quisbert, ex policía y actual sacristán de la iglesia católica de San Pedro, confirma que generalmente los policías bolivianos, al amparo de su posición privilegiada, también roban, violan, matan y comercian con sustancias ilegales de la misma manera que los reclusos. De hecho, los policías que controlan la entrada de la cárcel desempeñan esta labor como castigo por haber cometido alguna falta en el ejercicio de su oficio.
Alfonso P. lleva detenido cuatro años por tráfico de drogas. Le encanta cocinar, quiere escribir un libro de recetas y dar a cada plato un nombre relacionado con el penal. Refiriéndose a su vivencia, opina que "lo primero que uno pierde en San Pedro es la familia. Le ocurre a un 90% de los presos, porque desde fuera se dan cuenta que te estás trasformando". Pero mientras algunos lo pierden todo, otros encuentran pareja y hasta un sitio donde residir y procrear. Una mujer que quiere ocultar su nombre visitó San Pedro hace unos años como abogada defensora y conoció a un brasileño preso por tráfico de drogas. Se enamoraron y, desde entonces, viven juntos en la sección Pinos, una de las mejores. Hace unos meses nació su primer hijo.
Celdas y negocio
El hacinamiento de la cárcel se agrava con la posibilidad de que a los familiares se les permita residir en su interior y la superpoblación genera una verdadera compra venta (unos ?.500 euros, un fortunón para aquellas latitudes, se pagan por una habitación de unos ?0 m2 ) o alquiler de las celdas (entre 30 y 40 euros al mes dependiendo del tamaño y la sección). Todos conviven con todos, pero las posibilidades económicas de cada recluso marcan las diferencias que luego repercutirán en la distribución de los ambientes y tareas cotidianas.
Un alto porcentaje de los detenidos procede de zonas rurales. De origen campesino y de cultura aymara o quechua, la mayoría entra en la cárcel con un legado cultural que se plasma en ambientes tradicionales o marginales y pertenece a un entorno que, en muchos casos, desconoce la ley y habla español con dificultad. El peso y trascendencia de su identidad se expresan en la cárcel durante las celebraciones organizadas por las iglesias protestantes y católica, las fiestas y los eventos deportivos; con frecuencia, estos actos reúnen y amalgaman a los presos de todas las secciones. Para muchos, el penal reproduce una sociedad que se asemeja a su propia comunidad de origen, concretándose, de esa manera, el tópico de la prisión como sistema paralelo al mundo exterior.

Nota Publicada en el diario El Mundo.
Fuente: http://www.elmundo.es/suplementos/magazine/2008/445/1207480841.html

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Un comentario en “La cárcel mas extraña del mundo

  1. La verdad, impresionante. Es increible que existan cosas como esta. Yo estube investigando sobre las carceles en Brasil, que son ciudades enteras debido a su gran tamaño y extraño ordenamiento, muy parecidas a esta carcel que describen en el articulo, pero la diferencia es que en Brasil cada vez que hay un motin no sobrevive nadie: la policia esta autorizada a disparar a matar apenas empiese cualquier movimiento raro e incluso, hubo casos de motines que resultaron incontrolables y lo que se hizo como “solucion” fue cerrar la carcel y disparar desde helicopteros hasta que todo adentro dejara de moberse. Las fotografias de estos motines son espelusnantes, pero al parecer a los brasileros les parece algo totalmente normal hacer cosas como esas y, lo que es peor, lo presentan como un gran logro policial y un ejemplo a seguir.

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